Hermandad de Madre de Dios del Rosario. Patrona de Capataces y Costaleros.


Ir al Contenido

Formación

ACTUALIDAD

 

FESTIVIDAD DE NUESTRA SEÑORA, LA VIRGEN DEL ROSARIO
Monseñor Carlos José Náñez, Arzobispo de Rosario.

 

 

 

Al festejar a la Virgen del Rosario, contemplamos a María Santísima como el espejo y modelo de la Iglesia. Espejo en el que toda la comunidad eclesial debe procurar mirarse constantemente para verificar en qué medida se parece a ese celestial modelo.


La Virgen María es ante todo el lugar del encuentro con Dios nuestro Señor. Es cierto que dicho encuentro se debe ante todo a la iniciativa divina totalmente gratuita y que constituye un regalo impensado e inesperado para ella; pero es igualmente cierto que ese don divino singularísimo encuentra en María una acogida humilde, pronta, confiada: “
yo soy la servidora del Señor...” y al mismo tiempo una acogida totalmente agradecida: “mi alma canta la grandeza del Señor...” Es el encuentro entre Dios y la humanidad que gracias a Cristo comienza a ser renovada. Es lo que consideramos con admiración en el primer misterio de gozo del santo rosario: la anunciación del ángel.

María es también el lugar del encuentro entre los hermanos. Es lo que contemplamos en la hermosa escena de la visitación, cuyo relato acabamos de escuchar. También este acontecimiento se debe ante todo a la iniciativa de Dios que inspira a la Virgen la determinación de ir encuentro de Isabel; pero es igualmente cierto que María toma esa decisión con prontitud y generosidad para acompañar y asistir a su pariente en los trabajos de su maternidad. Visita y encuentro que son fuente de profunda alegría y sobre todo de bendición para todos los que están allí involucrados.

El querido y recordado Papa Juan Pablo II, señalaba que la obra de testimonio y anuncio tenía, como toda obra humana, sus luces y sus sombras, pero que -gracias a Dios- las luces eran más que las sombras.

Por otra parte, las sombras que en algunos momentos aparecen con más relevancia en la vida de la Iglesia, paradójicamente, representan la ocasión -más aún- la apremiante invitación para una renovación profunda. No debemos dudar que la Providencia divina se servirá de las circunstancias dolorosas que le tocan atravesar a la comunidad eclesial en todo el mundo para purificarla y fortalecerla.

Permitiendo y acompañando esas circunstancias, Dios hace sentir su paternidad y su señorío sobre su Iglesia. En nuestros corazones, debe prevalecer la confianza en esa acción divina que engendra esperanza y la debe acompañar la necesaria humildad que nos mueva a una permanente conversión y renovación; la generosidad y la fidelidad que hagan firmes nuestra adhesión y nuestra pertenencia cordial a la comunidad eclesial.

La Iglesia ha sido y es también un lugar de encuentro entre los hermanos. En ella, en su seno, podemos hacer experiencia de la paternidad de Dios que permite superar toda orfandad. “
En Jesús somos hijos”, venimos proclamando con insistencia desde el lema pastoral que anima nuestra actividad pastoral y procuramos profundizar y comprender esa afirmación fundamental de nuestra fe. Una paternidad, la divina, que engendra auténtica fraternidad. Si todos tenemos un mismo Padre, el que está en los cielos, entonces todos somos hermanos. Una fraternidad que puede vencer toda soledad y desamparo.

Frente a esa realidad, como comunidad eclesial, con sencillez y humildad, pero también con convicción y coherencia estamos invitados a renovar el propósito de ser lugar del encuentro con Dios y del encuentro entre los hermanos. Tenemos que procurar vivir con autenticidad y constancia los valores evangélicos que promueven una existencia más humana, más digna, más plena y ofrecer ese testimonio y esa posibilidad como un regalo y un signo de esperanza para todos.

El testimonio de una comunidad que construye diariamente una convivencia respetuosa, armónica, una verdadera amistad social -más aún- una verdadera fraternidad. Una comunidad que procura respetar y cuidar la vida, toda vida -especialmente la que es más frágil y vulnerable- y toda la vida, desde su concepción hasta su fin natural.

No olvidemos las enseñanzas de Jesús acerca de los comienzos humildes del Reino: es como una semilla de mostaza que siendo pequeñísima crece hasta convertirse en un arbusto grande; y del dinamismo interno de ese Reino: es como una semilla sembrada que por sí sola, más allá de los cuidados del agricultor, crece y en su momento da fruto abundante.
 

Volver

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

INICIO | HERMANDAD | JUNTA DE GOBIERNO | ACTUALIDAD | CULTOS | BOLETINES | ENLACES | GALERÍA DE FOTOS | Mapa del Sitio


Sub-Menú:


Regresar al contenido | Regresar al menú principal